Cuando era adolescente, en la Roma de los años sesenta, veía a mi madre trabajar ante el caballete. Empecé a usar sus óleos y sus lienzos, y muy pronto preferí la espátula al pincel.
Me gusta la pintura matérica porque, a través del espesor del color y según cómo se aplique, se puede dar la medida exacta de la textura de aquello que se quiere representar.
Cuando empecé a pintar, no sabía que mi abuelo, Frederick Tyrone Power, cuando no actuaba en el teatro, pintaba. El tamaño de sus grandes lienzos recuerda al de muchas de mis obras.
Mi tía Anne, hermana de mi padre, era pintora profesional, así que podría decirse que la vena artística corre por la sangre. Yo, a diferencia de ella, soy autodidacta. En la escuela discutía con el profesor de arte porque nunca quería hacer lo que él indicaba; siempre hacía las cosas a mi manera. Y así sigue siendo hoy. Nunca he dejado de pintar.
Con los años, la pintura se convirtió para mí en una forma de expresar mis sentimientos sin necesidad de usar palabras. Los colores como sensaciones y las pinceladas de espátula como una liberación directa, sin intermediarios.
Tal vez por eso me gusta tanto pintar: estás tú, la espátula, el lienzo y tus sueños.